Esta tarde cuando he llegado a casa, había un gorrioncito en la terraza. Se ve que al hacer obra en el tejado del edificio, se ha caído del nido.
Es tan pequeño que no puede volar. Su madre o su padre, le traían comida en el pico. Era una escena encantadora.
Resulta que en la terraza tenía dos pequeños barreños llenos de agua, pues ayer hubo un pequeño corte y los dejé de reserva. Mi madre me avisó cuando le dije que el gorrioncito estaba en la terraza “Quita el agua, que de un salto se caerá y se ahogará…” Yo le contesté que casi no podía volar y que no creía que pasase nada.
Pero las madres siempre tienen razón y efectivamente cuando volvía a mirar por el cristal, el pobre gorrioncillo estaba en el agua. Rápidamente le saqué y lo dejé con un trapo. El pobre apenas puede respirar y mucho menos piar.
A lo lejos se oye el piar del pájaro que le alimentaba, esperando respuesta, pero el pobre sobre puede respirar de forma dificultosa.
Esto me hace reflexionar, sobre la maternidad, la vida, los accidentes y lo impotentes que somos para algunas cosas, sobre los cambios repentinos de la vida, sobre el amor hacia mis hijos y sobre la muerte, que siempre está ahí…