Nueva Zelanda, Isla norte (huellas en la arena)

Hoy no ha sido un día muy bueno y me viene a la cabeza la siguiente parábola:

“El pescador solitario era un auténtico hombre de Dios. Había escogido su camino por vocación. Su vida de soledad y de silencio era deseada.

Buscaba con sinceridad a Dios. El mar, la arena, la barca, el cielo, la pesca…. todo le hablaba de Dios y le servía para comunicarse con El. Un día tuvo la audacia de pedir al Señor un signo claro y evidente de su presencia y de su compañía constante: “Señor, hazme ver que tu siempre estas conmigo“. Y mientras hacía esta oración tenía una gran paz en su alma.

Caminaba con paso sereno a la orilla del mar. Cuando llegó a las rocas que cerraban la playa, y reemprendía el camino que le conducía nuevamente a su casa, observó con asombro que junto a las huellas de sus pies descalzos había otras cercanas y visibles. “Mira, -le dijo el Señor-, ahí tienes la prueba de que camino a tu lado. Esas pisadas tan cercanas a las tuyas son las huellas de mis pies. Tu no me has visto, pero yo caminaba a tu lado.

La alegría que tuvo fue inmensa. Desbordaba de gozo. El Señor le había dado la prueba esperada y deseada. La respuesta de Dios a su plegaria sobrepasaba lo que hubiera podido soñar. A partir de este “signo” sorprendente de Dios, la oración del pescador solitario adquirió aires nuevos. La gratitud no tenía límites en su alma. El gozo de la alabanza era el pan de cada día. Empezó a pedir y a interceder por todos los hombres con una confianza nueva.

Pero no siempre fue así. Días de tormenta y de frío nublaron el horizonte. El cansancio de los duros días de trabajo se hizo notar. Los días de labor infructuosa llenaron su corazón de desánimo. Eran los tiempos de la prueba. Caminaba taciturno por la playa. Al llegar a las rocas volvió sobre sus pasos y observó que, esta vez en la arena, sólo había la huella de los pies descalzos. Aquel día su oración fue de protesta:

Señor, has caminado conmigo cuando estaba alegre y sereno, y me lo hiciste ver. Ahora que estoy con el alma por tierra, ahora que el desánimo y el cansancio hacen mella en mi vida… me has dejado solo. ¿Por qué Señor? ¿Dónde estás ahora?”

“La voz del Señor no se hizo esperar: “Mira amigo… cuando estabas bien, cuando la calma y la serenidad inundaban tu alma, yo caminaba a tu lado. Pudiste ver mis huellas en la arena… ahora que estas mal, cansado y abatido, ya no camino a tu lado porque he preferido llevarte en mis brazos. Las pisadas que ves en la arena no son las tuyas, son las mías, son profundas y claras…. marcadas por el peso de tu propio cansancio…“”

FOTOS DE LA ISLA NORTE DE NUEVA ZELANDA. NINETY MILES BEACH, BAHÍA DE LAS MIL ISLAS. Durante la Luna de Miel. Abril 2003.

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